El diario de mamá (ellasvirtual)

«UNA NOCHE EN CASA DOMINGO»

Cuando tomé la decisión de hacer el Camino de Santiago, también tomé la de llegar cada noche al albergue más “humilde” que hubiera en cada destino.

La opción de los privados estaba reservada únicamente para sacarme del apuro en aquellas localidades en que no hubiera ni municipal ni eclesiástico.

Gracias a Dios nunca tuve problemas para encontrar una camita donde reposar el cuerpo cansado, o más bien los pies cansados.

Sin embargo, hubo ciertas localidades -no tanto pueblos ni ciudades, sino simplemente lugares en el Camino- en que por ser específicamente eso, solo lugares, era por fuerza necesario quedarse en un albergue privado.

No es que tienen grandes comodidades. Uno sigue durmiendo en camas camarote, los baños siguen siendo comunales, hay muchas personas en una misma habitación, pero los hospitaleros suelen darle a uno una atención un poquito más personalizada.

En algunos casos, ponen música por la mañana para que los peregrinos se levanten de la cama con el corazón alegre ante la jornada que les espera. En otros, preparan una cena comunitaria de la cual los peregrinos pueden participar si así lo desean por una suma de dinero específica.

Ya cuando me acercaba al final de mi camino, mientras disfrutaba de una de esas cenas comunitarias, la hospitalera me mencionó que un par de etapas más adelante había un albergue que pertenecía a una panameña.  Me dio toda la información de ella y yo me fui feliz y con ganas de quedarme allí a mi pasada.

Llegado el día en que pasaría por ahí, organicé la etapa de forma que pudiera cerrarla allí. Tuve que caminar unos cuantos kilómetros más pero me pareció que valdría la pena.

Mientras caminaba me detuve a llamar por teléfono para confirmar el asunto de los cupos pues llegaría tarde y de no haber cama me hubiera tocado caminar kilómetros adicionales para conseguir una. El número que indicaba mi guía estaba equivocado, pero un buen samaritano canadiense, al verme con cara de desilusión, se acercó a mí y buscó el número en su guía donde estaba escrito correctamente.

Llegué más tarde de lo normal. Ana me recibió con una enorme sonrisa y desde que nos dimos el primer abrazo nos sentimos como viejas conocidas. Casa Domingo – cuyo nombre es en honor a su abuelo materno, quien vivió toda su vida allí- es un lugar hermoso.

Una vieja casita de piedra que Ana  y Gonzalo su esposo han restaurado con mucho cariño y que da al peregrino no solo un techo y una cama donde dormir, sino un reposo para el corazón.

Conversamos como locas hasta que llegaron otros peregrinos y Ana se fue a organizar la cena que nos ofreció. Cada plato con su ingrediente secreto que aunque no nos quiso confesar cuál era, supimos que lo tenía.

Encendió la “estufa” de hierro y a sus pies y al calor de la leña terminé de secar la ropa que me habían lavado y compartí historias con los que estaban por allí.

Esa noche me acosté feliz con las imágenes de los manzanos del patio regalando su fruta madura y del molino -que también restauraron y convirtieron en una cabaña de alquiler- con sus viejas máquinas todavía funcionales al borde de la propiedad.

El sonido del agua estuvo presente todo el tiempo pues los arroyos bañan distintas partes de la parcela donde se asienta Casa Domingo.

Al día siguiente, ya idos los demás peregrinos, desayunamos juntas y Ana me acompañó a empezar la jornada de camino.  Fuimos  por aquellos senderos boscosos por un poco más de cuatro kilómetros y al despedirnos me dijo “hasta siempre”.

Fue un tiempo corto el que compartimos, pero esa noche  Casa Domingo entró en la lista de momentos especiales vividos durante el Camino de Santiago.

Todo gracias a una chica de padres españoles nacida en Panamá, quien al establecerse en la tierra de sus antepasados ha sabido compartir hospitalidad y regalar paz a sus visitantes.

FUENTE: ellasvirtual


 

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